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Los abuelos son... ¡abuelos!

Ni segundos padres, ni cómplices traviesos de infracciones a las reglas, ni amigos viejos de niños nuevos, nada de eso. ¿Por qué será que a los abuelos se les compara con personas de otros parentescos como si no tuvieran su sello inconfundible? El nieto no es una segunda oportunidad para la maternidad o la paternidad; es simplemente la persona con quien los padres de los padres expresan toda su “abuelidad”, rol a veces cuestionado por quienes no logran entender por qué su manera de educar ha cambiado.

Bueno, en realidad, lo que es cambiar-cambiar, la esencia de la manera de educar no cambia. El universo ético y formal de las personas suele permanecer toda la vida, pero lo que tiene que ver con eso que se llama “experiencia”, inevitablemente se transforma con el tiempo. Nadie nace sabiendo, y la verdad es que los hijos son el laboratorio donde mamá y papá aprenden a educar: nadie los enseñó a formar personas, tienen que descubrir muchas cosas sobre la marcha. He ahí la ventaja de los nietos: en los abuelos tienen gente entrenada en la prueba y el error en materia de familia.

El hecho es que la relación nietos–padres–abuelos parece que siempre va a estar marcada por lo inevitable: las vivencias y la cantidad de experiencia acumuladas en cada cual. Los padres no han agotado su función, y siguen trabajando con lo que tienen y pueden, aprendiendo en el camino e ingeniándoselas sin entrenamiento previo. Los abuelos no pueden desprenderse de lo que han vivido y su misión es aplicar lo aprendido, ya saben qué funciona y qué no funciona con los más pequeños de la casa, aunque esto nadie más lo entienda.

¿Los nietos? Ellos hacen lo que les toca: dan amor y lo esperan de regreso, a veces recibiendo mensajes confusos de uno y otro lado sin entender lo que pasa, pero intentando hacer valer su personalidad con o sin aprobación. Por su fragilidad pueden ser los más beneficiados o los más perjudicados, y por su inocencia honran la definición martiana, “son los que saben querer”, todavía no conocen los prejuicios y no entienden mucho de jerarquías.

¿Qué hacer con todo esto? Lo sabio sería que la buena voluntad presidiera la vida familiar, para que aun cuando no coincidan en cómo y qué hacer con la educación de los niños y los jóvenes, no se pierda la armonía ni se traspasen los límites del respeto. Al final la máxima responsabilidad es de los padres. En ellos hay que confiar, esperando también que tengan el buen tino de evaluar los consejos de quienes ya vivieron su experiencia: los amorosos, sabios y a veces despistados y caprichosos abuelos.

Sería maravilloso que todos lograran estar de acuerdo; que la sabiduría y el amor tuvieran la última palabra en ese complejo y sagrado entramado humano que es la familia.

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